Ficciones de color - Por Román García Azcarate

¿Quién le enseñó literatura a Edgar Allan Poe? ¿Julio Cortázar, su traductor in extenso al español? ¿Quién le enseñó pintura a Xul Solar? ¿Su compinche y vecino ‘Georgie’ Borges?

Similares preguntas y la misma ausencia de maestros caben para Woody Allen, Raymond Chandler, ‘El aduanero’ Rousseau, Joseph Conrad, Billie Holiday, Jean Dubuffet, Jorge de la Vega, y en gran medida Turner, Van Gogh,... en fin, una prestigiosa legión. Como tantos otros autodidactas, Pablo Di Masso —el mismo que al leer estas líneas podría incomodarse por que lo asocien a tales creadores— fue bajando al papel su arte en las mesas del bar del viejo Savoy Hotel de Rosario, en El portalón y El velódromo de Barcelona o en Les gens que j’aime antes que en las aulas de Bellas Artes de la UNR, en la Prilidiano Pueyrredón porteña, la De La Cárcova o cualquier otra institución oficial de enseñanza en Argentina o España, países entre los que ha prorrateado su existencia.

Décadas enteras de pergeñar sus personajes en trazos rápidos sobre servilletas de papel, hojas de block en todo tipo de formatos, cartulinas y cartones del gramaje que a uno se le ocurra y muchas otras superficies inusitadas u oficialmente aceptadas no han hecho sino ir cuajando un estilo personalísimo en el que confluye, sí, toda la pintura que Di Masso viene asimilando desde su infancia, en una familia en la que las reproducciones colgadas en las paredes del living de algún desnudo de Modigliani, algún Picasso en forma de clown, y algún Klee en diálogo con un Miró podían ser resistidos y malinterpretados por la mayoría inmensa de la sociedad de entonces.

La presencia cercana y cálida de un padre exquisitamente culto, socialista romántico, no decidió los derroteros pictóricos de Pablo, el mayor de sus cinco hijos. Cuánto de bueno, sin embargo, en términos de música, de literatura, de cine, de artes plásticas, de ideas y de bonhomía hizo ingresar en su vida. No tiene ese mismo origen la melancolía que suele campear en los cuadros de Di Masso hijo, contrarrestada por una paleta brillante, incluso estentórea más de una vez.

Es esos cuadros están ausentes en forma directa los escuadrones de la policía montada que cargaban contra los manifestantes que con Di Masso entre cientos los enfrentaba en la calle Córdoba hacia las épocas del Rosariazo. Tampoco hay hasta el momento una aproximación al Guernica propio de aquellos tiempos, ni se reflejan abiertamente en las imágenes de este artista sus años de militancia y el acorralamiento represivo que lo llevó a emigrar con hija en brazos y mujer al lado, hacia Cataluña. “Me hago cargo de mi metro cuadrado de derrota”, dice hoy, sin alegría en la mirada al reflexionar sobre eso.

La obra de Pablo Di Masso que exhibe en estos días el Centro Cultural San Martín de Buenos Aires cuenta con el trasfondo intenso de la vida de su autor, yuxtapuesto a cada tema aparente. Se expresa en músicos, en parejas de amantes, en bebedores solitarios, en rostros, en tetas y testículos o penes que participan de un dibujo muy tramado donde la letra laberíntica sugiere historias contenidas infinitas, descifrables quizá para muy pocos.

Los cuadros de esta exposición —alrededor de unos veinte, de hasta 100x70 cm— suenan más bien a Chet Baker que a Mussorgsky, o a Django Reinhardt, a Stéphane Grapelli, a Lester Young, a Charlie Parker y en todo caso a Eduardo Arolas, al dúo Salgán-De Lío o al gordo Troilo, si bien la voz cantante tiende a ser la de Adriana Varela.

Hay una osadía importante en las resoluciones formales, sobre todo las anatómicas, que en estas obras desafían con desparpajo arraigado en la tarea del artista y parecen arrancar su mirada a partir de las vanguardias iniciales del siglo XX, como si todo lo anterior fuera, por decisión creativa, una prehistoria innecesaria. Consciente o inconscientemente, además, las imágenes, sus fragmentos, se revelan, se despegan a la primera zancada de los corsés de ese buen gusto condenado como enemigo del arte también desde aquel período revolucionario.

Las obras, su contemplación, su análisis, son, a fin de cuentas, un viaje a percepciones distintas, un desafío a aperturas necesarias del espectador, enriquecedoras, y que requieren también de su valentía como juez.

Allí están, como dice el autor.

La tarjeta oficial de invitación va en el attach correspondiente.

Mercibocú.

Pablo Di Masso.

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